Historia
Puebla de Lillo ocupa un lugar estratégico en el paso natural de la Meseta hacia el Cantábrico. Los puertos de San Isidro, Las Señales y Tarna fueron caminos obligados para personas y mercancías entre la Meseta y el mar. El emperador Augusto, tras pacificar el Mediterráneo oriental con la batalla de Actium (31 a. C.), volvió sus ojos hacia el noroeste de Hispania para conquistar unas tierras que todavía se resistían a Roma.
El objetivo era controlar las rutas del oro, del estaño, del plomo y del mercurio, tan abundantes en las montañas de lo que siglos más tarde sería la provincia de León. Las legiones subieron por el valle del Esla y, al llegar a los pies de los Picos de Europa, se dividieron en busca de los cántabros. En algún lugar de estos valles, los generales de Augusto ganaron la batalla decisiva a cántabros y astures. ¿Fue en la planicie de Puebla de Lillo?
Hay restos de castros y de fortificaciones romanas que más tarde reutilizarían visigodos, musulmanes y los primeros cristianos que abrieron en estas montañas el frente de la Reconquista. Los más ancianos siguen llamando a algunos lugares con palabras como castro, castillo o castillejo, aunque no quedan ruinas. En el prado del Torrejón aparecieron hace años tégulas, tejas y ladrillos de origen romano.
Los pastores, ganaderos y agricultores que repoblaron estas tierras cuando el frente de la Reconquista se estabilizó más allá del Esla usaron las piedras de fortificaciones y castillos para levantar sus casas, de techo de paja.
En el siglo X Puebla de Lillo empieza a aparecer en los documentos de los monasterios; es decir, vuelve a la historia conocida. Atraídos por la abundancia de pastos y bosques, los poderosos monjes de Sahagún, en la cuenca del Cea, consiguieron de los reyes leoneses, y después de los castellanos, concesiones para pastar sus rebaños de ovejas y vacas. Otros monasterios, como los de Eslonza o Pardomino, les disputaron el dominio de los pastos y de los ricos cotos de pesca y caza.
En 1212 Puebla de Lillo ya tiene carta de naturaleza como población vinculada al rey Alfonso IX, aunque un siglo antes los vecinos de estos valles ya habían pleiteado ante Fernando II en defensa de sus fueros frente a los merinos de la Corona.
Durante toda la Edad Media, el castillo de Redipollos cobró el portazgo en el valle: el ganado que quisiera aprovechar los pastos de los puertos tenía que pagar este impuesto, que no se abolió hasta el siglo XIX.
Por estas tierras señorearon primero los Vigil, luego Alfonso Enríquez, hijo de Enrique II, y por último los condes de Luna, que izaron sus pendones en lo alto del torreón circular que aún se conserva en el centro de Puebla de Lillo. El torreón era un baluarte defensivo del camino entre las tierras leonesas y las asturianas.
La Mesta dio vida a la zona. La institución que protegía la trashumancia velaba por sus intereses en estas montañas, donde en verano pastaba el ganado llegado de Extremadura, Andalucía o la baja Castilla.
San Isidro y Puebla de Lillo tuvieron hospitales para los peregrinos que iban a Santiago por la ruta que unía Oviedo con León, otra muestra de la posición estratégica del municipio. Hoy esos hospitales son solo recuerdos y ruinas.
Durante siglos, la ganadería, la agricultura, el bosque, la caza y la pesca sostuvieron a los escasos habitantes de los pueblos que hoy conocemos. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la apertura de caminos y carreteras facilitó el comercio y el acceso a nuevos mercados, y la comarca despertó. Las minas de talco y la modernización de las explotaciones ganaderas dinamizaron la economía, y más recientemente lo hicieron el turismo, la estación de esquí de San Isidro y la consolidación de Puebla de Lillo como centro de servicios de la zona.
Sus costumbres y sus gentes
Hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, el ritmo de vida lo marcaba el calendario agrícola y ganadero, como en toda la montaña leonesa. La vida era fundamentalmente agroganadera y se compaginaba con la artesanía, el comercio o el trabajo en la extracción y transformación del talco. Las fiestas estaban ligadas a los patronos de cada pueblo, a otras celebraciones religiosas o al final de la cosecha.
La estación de esquí de San Isidro, a finales de los años sesenta, revolucionó la tranquila vida de estos pueblos. La llegada de esquiadores y de aficionados a la escalada o al senderismo fue cambiando los ritmos de vida, que se hicieron más urbanos, y la economía pasó de depender casi solo de la ganadería a estar dominada por los servicios: hoteles, hostales, cámping, restaurantes, bares y apartamentos.
Gran parte de la población activa trabaja hoy en el turismo, cada vez más orientado a la naturaleza: nieve, montaña, caza, pesca, bosques, fauna y flora protegidas, pueblos de montaña bien conservados y lugares de especial interés como los lagos o el pinar.
El modo de vida es hoy más urbano, pero las antiguas tradiciones, la gastronomía, las costumbres y los símbolos del pasado se valoran cada vez más. Puebla de Lillo ha recuperado costumbres como la matanza, el desfile de pendones o las fiestas populares.
Curiosamente, esta modernización ha traído también un renacimiento de la ganadería, con explotaciones modernas, familiares o de empresas, que han conseguido que el valor añadido de la transformación de la carne se quede en Puebla de Lillo, con industrias que elaboran y venden jamones, cecinas y chorizos.
Leyendas
En los filandones de las largas tardes de invierno, cuando la televisión y la radio aún no formaban parte de la vida, los vecinos recordaban al calor de la lumbre las leyendas que habían oído a sus abuelos.
Son relatos de la tradición oral leonesa en los que se mezclan la realidad y la ficción, el conocimiento de la naturaleza y la religión: la Vieya’l monte, los cuélebres y los trasgos, el diaño y los motivos para no entrar en las cuevas, las xanas de las fuentes, el reñubero y la invocación «Tente nube, tente tú, que Dios puede más que tú» para detener las tormentas de verano, o los muchos relatos de peregrinos perdidos. Las leyendas admiten muchas lecturas, y cada cual puede sacar la suya.
La leyenda del Lago de Isoba
Es sin duda una de las más conocidas en el municipio. Cuenta que, en una noche cerrada, un peregrino que intentaba cruzar el paso del Alto Porma, se cree que camino de San Salvador de Oviedo en su viaje a Compostela, se vio sorprendido por la oscuridad cerca de Isoba.
Pidió cobijo y ayuda a los vecinos, sin éxito. Solo lo socorrió el párroco, que según las malas lenguas era hijo de la pecadora, una mujer soltera cuya vida estaba en boca de todos. Allí encontró el peregrino el auxilio que necesitaba y el calor de una lumbre.
A la mañana siguiente, al abandonar Isoba, dijo: «Que se hunda Isoba, menos la casa del cura y la pecadora». Las fuentes que rodeaban el pueblo empezaron a manar agua como en el diluvio universal, Isoba quedó anegada y solo se salvaron unas pocas casas. Ese sería el origen mitológico del lago.
No sabemos qué hay de cierto en la leyenda, pero sí hay antecedentes históricos: en el entorno de Isoba existió durante siglos un pequeño hospital de peregrinos atendido por la Orden del Santo Sepulcro. Y la patrona de Isoba es santa María Magdalena, a la que la tradición presenta como pecadora antes de seguir a Jesús; quizá aquellas gentes adoptaron su culto como una forma de redención.
La leyenda del Lago Ausente
Es algo más negra que la anterior. Conviene recordar que estas historias se contaban para que los jóvenes, que no sabían nadar, no se acercaran a los lagos; de ahí el halo de misterio que siempre los rodea.
Dice la tradición que una joven que volvía a casa tras pasar el día con el ganado tuvo la desgracia de caer al lago. Nadie sabe cómo llegó hasta allí, porque si hoy el acceso es sencillo, antes era muy complicado. Intentando salvarse, tocó la orilla con los dedos, y en ese lugar brotó la Fuente de los Cinco Manantiales.
Por su altitud, el Ausente está expuesto a vientos continuos, y quizá de ahí venga la creencia de que en las noches de luna llena se oye desde el fondo del lago un lamento: la niña que pide ayuda. O quizá sea solo el viento. Otra creencia dice que, visto desde arriba, el lago tiene la forma de una cara ovalada con dos moños a los lados: la cara de la joven que allí murió.
El romance del nacimiento del Porma y del Curueño
Varios pueblos de León comparten un relato sobre el origen de los ríos Porma y Curueño, contado y reinventado muchas veces, con variantes en cada lugar.
Entre los astures que poblaban estos montes cuando llegaron los romanos había un guerrero de gran porte, valiente y noble, llamado Curienno, que amaba a Polma, una joven de cabello brillante. Al llegar las legiones, el general Canioseco se fijó en ella y se la llevó como trofeo a la Legio.
Una noche, Curienno entró en el campamento cuando los soldados dormían tras beberse todo el vino y la liberó. Al amanecer, Canioseco salió en su busca y peinó cuevas, matorrales, vaguadas y aldeas, hasta que los encontró escondidos en los montes más altos de Cofiñal, sin peña más alta a la que subir ni sima donde ocultarse. Polma no quería volver a ser esclava, y pidió a Curienno la muerte antes que verse encadenada. Él atravesó con su espada el pecho de su amada ante el asombro de los romanos y huyó hacia el puerto de Vegarada, donde lo alcanzaron sus flechas.
Al caer la tarde, las xanas salieron de la maleza y cubrieron a los dos jóvenes con finas capas. Esa noche su llanto inundó los montes y nada se movió. Con la primera luz, convirtieron sus lágrimas y la sangre de los amantes en dos fuentes: donde yacía Curienno brotó un agua fría y brava; donde descansaba Polma, un manantial de agua cálida. Así nacieron el Curueño y el Porma, que se encuentran en Ambasaguas y desde allí siguen juntos su camino.
El origen del nombre de Mampodre
El Mampodre, que da nombre al Parque Regional Montaña de Riaño y Mampodre, tiene también su leyenda. Cuentan que el nombre viene de «manos podadas»: tras someter a cántabros y astures en el siglo I a. C., los romanos habrían cortado las manos a los caudillos rebeldes y los habrían confinado en estos bosques.